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La vida vintage
Noooo! ¡Me muero, ma! ¡El Pong!", gritó el nene, y salió corriendo al encuentro de una pantalla gigante colgada de una pared. Era tanta su alegría que cualquiera podría haber pensado que estaba reencontrándose con algo muy querido. Pero no. No habían tenido siquiera el gusto de conocerse. El bendito Pong es uno de los más remotos antepasados del videojuego. Y así como en el ping pong una pelotita va y viene de paleta en paleta hasta que alguno de los dos jugadores la deja ir, aquí la pelota es un punto blanco y las paletas son dos líneas que se activan mediante un mando. Hete aquí al diplodoco de los juegos electrónicos, en el velocirraptor de las consolas. Anterior a la X Box, a la Wii, a la benemérita PlayStation, ese socotroco negro despierta, sin embargo, verdaderas pasiones. Y es por eso que en la reciente muestra Play the Game: Cuarenta años de videojuegos en la Argentina, la cola para jugar al Pong no podía ser más larga. Ni más extraña: pelados de 50, gurrumines de 6, madres y tías, y mucha dupla de amigos cuarentones.
 
Los conocedores llaman a todo esto retrogaming y aseguran que es un movimiento en alza. Lo seguro es que esas muestras gratis del ayer abren pasadizos secretos que, como la madriguera del país de Alicia, desembocan en lo inesperado. Y tal vez lo más impensado de todo sea precisamente esto: el pasado convertido en emblema, en puente, en cosa apetecible, en el mismo momento en que la sonda New Horizons sobrevuela Plutón.

¿Cómo se entiende eso? "Frente al reconocimiento de la incertidumbre, el hecho de saber que vivimos en un mundo muy inseguro, volátil y líquido, genera en las sociedades la necesidad de algo que no cambie. Y el pasado es eso: lo que no cambia", apunta Ana Wortman, investigadora del área de Cultura del Instituto Gino Germani. "El rescate de objetos o de la pátina de lo viejo se opone a la digitalización y a la virtualidad, y forma parte del discurso de la patrimonialización y del valor de la historia", consigna.

Porque, convengamos, por décadas el futuro estuvo ahí, brillando al frente. Y aun cuando se volviera sombrío, o se llenara de alienígenas invasores o catástrofes climáticas, nunca nos abandonaba. Había un porvenir. Ya no, y con el horizonte cada vez más cerca, el gesto previsible fue volver la vista atrás. En el libro Retromanía, la adicción del pop a su propio pasado, el crítico Simon Reynolds hablaba de este permanente "loop" cultural donde las supuestas novedades apestan a naftalina, y lo más innovador que puede hacerse sería un bricolage, un copy paste de lo que ya se hizo. Para Paula Miguel, socióloga, docente en la Universidad de Buenos Aires e investigadora del Instituto Gino Germani, detrás de esto hay una idea del tiempo que ya no está más. "La de los años 80' fue la última década que veía un futuro, así fuese uno utópico y bello u otro tan devastador como el de Mad Max. Había una cuestión de proyección. Pero de los años 90' en adelante eso ya no fue tan claro. En materia musical, llega la idea de revisar lo hecho. Como percepción del discurso estético circulante, la idea del futuro se esfuma. Y ya no aparece tan claramente ni hacia dónde es que vamos ni qué es lo que se viene".


No future 3.0

Ahora que hasta la más módica idea de progreso parece haber quedado en pausa y que todo se vuelve obsoleto en un solo click, el pasado se convierte en refugio. Ahí está, y lo que prima es la memoria amable. Surge así lo que Patricia Faur, psicoanalista y docente de la Universidad Favaloro, denomina vintage emocional. ¿Qué sería eso? "Vivimos en una especie de Canal Volver en donde se reciclan la ropa, las heladeras, la música y hasta los amores. Se vuelve a buscar el primer amor y los compañeros de la infancia a través de las redes. El mundo de los medios pone de moda palabras como sustentabilidad, reciclaje y vintage aún sin saber si lo utilizan del modo correcto. ¿A qué debemos la nouvelle nostalgie? Tal vez en la sociedad de la hipermodernidad no hay tiempo ni siquiera para crear algo totalmente original. Vamos pues en busca de lo viejo, remixamos y voilá: tenemos algo nuevo. Y aunque sea en el orden de la ilusión, todo esto parece corresponderse con una búsqueda de seguridades y de pureza -como si el pasado lo hubiera sido-, olvidando que el mundo siempre tuvo guerras, perversión, enfermedades y exilios".

Un olvido selectivo, digamos, y para nada casual. Si tuviéramos, como Funes, el don-maldición de recordarlo todo tal y como fue, ni siquiera tendríamos adónde poder regresar. Pero si podemos editarlo a gusto, ¿quién nos para? "El pasado fundado en la autobiografía está dominado por la nostalgia y la nostalgia es una demanda que no puede ser satisfecha", acota Marcelo Pisarro, antropólogo y periodista cultural, y marca que es justamente entonces cuando el retro entra en acción. "Es una moda, una corriente estética o un conjunto de prácticas culturales que, aunque se nutren del pasado cercano, conciernen únicamente al presente. Son prácticas contemporáneas, concebidas para ser consumidas por sujetos contemporáneos. Hay una demanda que sí puede ser satisfecha por el mercado". Porque, claro, antes y después de todo de lo que hablamos es de eso De mercados; de consumos. De angustias que pueden calmarse revolviendo el cajón de la abuela.

Y, con todo, la sorpresa. Porque, ¿quién hubiese imaginado alguna vez que vender ropa donada de cuatro, cinco y hasta más décadas de antigüedad se volvería un buen negocio? Pero allí está Oxfam para probarlo: sus tiendas dedicadas al segmento vintage son las que lideran las ventas. ¿O quién hubiese pensado, allá por los años 60’ que en 2015 el mismo flequilludo que hacía reír a los más chiquitos seguiría hipnotizándolos, ya adultos y padres? Pues en enero de este año, en el Paseo del Hermitage, quedó claro que -casi nonagenario- Carlitos Balá seguía siendo pasión de multitudes. ¿O alguien habrá osado sospechar -allá por los 50'- que esas heladeras Siam con una palanca gigante y plateada para abrir la puerta regresarían en los primeros años del siglo XXI, con colores y tecnología renovados pero con el mismo aspecto achanchado de antes?

"¡Marketing!", grita un iluminado. "Todo es simple cuestión de marketing". De acuerdo. Será entonces que este mohín anticuado no es más que un masaje cardíaco para las ventas. Aún así, la pregunta sigue en el aire: ¿desde cuándo el pasado se volvió tan interesante, tan sexy?

Para Mariela Mociulsky, titular de la consultora Trendsity, esto es parte de un universo convertido en arena movediza. "Volver a estéticas, sabores y aromas que nos conectan con nuestra infancia y con los momentos más descomprimidos resulta placentero porque es algo conocido. De allí que el regreso a la sabiduría de las abuelas, a lo casero, a una vida más simple, sean tendencias bien trabajadas por algunas propuestas de las marcas tanto de productos como de packaging", apunta. De eso habla. De cuando las chicas debían presentarse en los asaltos con algo para comer y los chicos, con algo para tomar. De esos días en blanco y negro, pero sin demasiada precisión, tampoco, porque la seguridad no se basa en los datos exactos sino en el aire de familia.

De ahí, de la sospecha de un pasado común mana todo lo demás y se llena de curiosidades caseras. Empezando, claro, por la más poderosa de las memo rias: la de la mesa. ¿Será casual entonces que un libro como el de Doña Petrona -con sus recetas épicas de canelones o sus vol au vents con medio kilo de manteca- siga agotando ediciones? ¿Qué hayan vuelto los changuitos, las chismosas y los manteles de hule, y que todo eso que antes era mersa se haya vuelto, por obra y gracia del tiempo, cool? ¿O que una compañía del tamaño de Pepsico se haya decidido en 2010 a relanzar al mercado productos ya extintos, y con muy buenos resultados? Los retro snacks son justamente eso: sabores del pasado volviendo al ruedo y disparando de lleno al llamado marketing de la nostalgia. Resultado: los niños que ayer íbamos a los asaltos, de repente, pedimos todos juntos en Facebook el regreso de otras delicias. ¿Es el pasado, que vuelve? Definitivamente. Pero no sólo eso.

Recuerdos del presente

Un sillón con patas de metal y forma de rodaja de sandía. Otro con una estructura de madera muy simple y almohadones de flores. A simple vista, son dos muebles sacados del túnel del tiempo, de los días en los que la cuerina y las cretonas eran modernos. Pero no. Tanto estos asientos como las latas de galletitas con visor, los pingüinos de loza, esas enceradoras mofletudas y hasta unas cuantas zapatillas al estilo de los 70’ son un híbrido muy de estos días: diseño viejo, hechura actual. Parece antiguo, pero es modernísimo.

"Estéticas y prácticas como el retro construyen formas distintivas de contemporaneidad. Por ende, existe una dimensión funcional que tiende a olvidarse y que, sin embargo, debería situarse en el centro de la escena. Las heladeras de la línea vintage evocan iconografías pretéritas recientes, pero tienen enchufes de tres patas, sistema no frost y un motor cero kilómetro. ¿Por qué, en cambio, nadie parece desarrollar un gusto por los teléfonos móviles de los años 80’? Porque el retro satisface siempre necesidades del presente: un celular del tamaño de un ladrillo, sin cámara, redes sociales, pantalla táctil, simplemente no satisface los requerimientos contemporáneos", acota Pisarro.

Vean si no, lo que sucede en el mundo de las zapatillas deportivas. Tanto Adidas, con su reedición de las Superstar, su modelo estrella allá por los años 80’; como Le Coq Sportif con su modelo Arthur Ashe, de 1970; o Nike, con la resurrección de su modelo Rift, de hace casi veinte años, hablan de algo nuevo. De algo oxidadamente nuevo, en el que conviven -en equilibrio inestable- la vejez y la vanguardia.

Lo vintage pasa a volverse un código que habla de una nueva sensibilidad que huye de lo masivo. "Lo nuevo, por la novedad en sí misma, ya no dice demasiado y parece quedar reservado solo a la tecnología. El resto de los consumos, en cambio, sobrevalora lo único, lo noble, lo especial", agrega Laura Miguel.

Y a veces, hasta lo vuelven punto de cruce entre generaciones que encuentran en las antiguallas nuevos modos de interacción. Según Mocioulsky, esta extraña versión de En busca del tiempo perdido en modo siglo XXI "mezcla por un lado, la necesidad de refugios simbólicos que permiten volver a consumos, afectos y raíces en un mundo donde todo ocurre aceleradamente, al tiempo que nos brinda la posibilidad de compartir con los hijos aquellas vivencias, como un modo de vincularse con ellos". Y hete allí el barbudo que se instaló por una hora a combatir con su vástago en una partida de Mario Bros paleozoico, o aquellos que el pasado 8 de mayo se largaron a correr siete kilómetros en el Hipódromo de Palermo, en plena noche, durante la maratón Star Wars Run, en la que se podia correr "para el Imperio o para la República". Hubo princesas Leia, clones, Darth Vaders y hasta Chubakka, corriendo con el número 1138. Dos generaciones jugando al pasado, en pleno presente. ¿Y el futuro? Eso que ya llegó. Hace rato.

(Derechos exclusivos, La Nación).
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