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Soy como soy
Tener a un equipo de filmación tras de tí durante todo un año, por supuesto que es intrusivo, ¿pero cómo negar que también es halagador ser una estrellita geriátrica a mi tierna edad?, sostiene Iris Apfel a sus 94 bien llevados años, reconocida como la madre de la individualidad radical en la moda, desde mucho antes de que se popularizaran el street style, las blogueras especializadas, Instagram y demás sitios de este tipo en las redes.
Fue la primera mujer no solo en usar jeans socialmente, sino también en combinarlos con ropa eclesiástica antigua que conseguía en Europa, y con accesorios tribales africanos. Ella es la inventora del estilo hi–lo, que mezcla ropa de alta costura con lo producido en masa, el vintage con lo artesanal, y que ahora se transformó en un look que confiere tanto más prestigio social que estar de pies a cabeza en Oscar de la Renta. Con sus anteojos a lo Mr. Magoo como marca registrada y miles de pulseras y collares, Apfel ya fue tapa de revistas, tuvo coffee–table books dedicados a su persona, una célebre exposición en el Metropolitan Museum of Art y –casi más importante que todo– vidrieras en Bergdorf Goodman, el gran santuario fashion entre las tiendas por departamentos. Como modelo, es la imagen de marcas de vestimenta, accesorios y hasta emprendimientos inmobiliarios de lujo; y pareciera que en los últimos tiempos nada puede ser considerado verdaderamente cool en Estados Unidos, si no es bendecido por este personaje.
Y más. Porque con el estreno de Iris, el documental que acaba de presentarse en el circuito comercial con un éxito de crítica rotundo, Apfel va camino a ser, por primera vez, una it–girl –por llamarla de alguna manera– que trasciende fronteras.
“Hoy hay pocas mejores opciones de pasar ochenta minutos en el cine que viendo Iris, un film que de manera deliciosa obliga a abrir los ojos a la vida, al amor, a los anteojos con personalidad, a las pulseras del tamaño de ruedas de bicicleta y al arte de hacer una entrada gloriosa”, se entusiasmó The New York Times.
Nacida en Queens, el 29 de agosto de 1921, Iris Barrel –tal su apellido de soltera– estudió arte en las universidades de Nueva York y Wisconsin. Aprendió sobre moda trabajando en el Women’s Wear Daily, la biblia de la industria. En 1948 conoció a Carl Apfel y enseguida se casó. “Él tenía onda, era adorable y sabía cocinar comida china; no había forma de que yo consiguiera un mejor candidato”, explica risueña. Con él, que a la sazón cumple 101 años este agosto, fundó Old World Weavers, una fábrica textil que manejaron juntos hasta su retiro en 1992.
Una vez jubilada, ella encontró que tenía el tiempo y los medios para dedicarse a su amor por la ropa y los accesorios, convirtiendo esto en un arte en el que su persona era siempre el lienzo en blanco. Pero más que de la plástica, Iris prefiere describirse con una metáfora de la música, cuando dice que se viste como si hiciera jazz. “El jazz es improvisación y eso es exactamente lo que hago”, subraya. “Tomo algunas cosas y las combino con otras que son inesperadas. Funciona de la misma manera que en el jazz, se puede hacer una digresión con notas que no deberían estar allí, pero que al ponerlas juntas en la melodía, todo cierra”.
Igual, Iris Apfel sabe claramente cuándo hay que mantenerse fiel al compositor original. De 1950 a 1993 estuvo a cargo de los proyectos de decoración de interiores de la Casa Blanca, a lo largo de nueve presidencias, desde Truman a Clinton. Pero como ella misma confiesa, esto suena más excitante de lo que es en realidad: “no se hace ningún tipo de decoración. Una restauración histórica perfecta es solo reproducir lo más fielmente posible lo que ya estaba; que puede ser la cosa más espantosa del mundo”.
De los trabajos de una de las primeras casas de Teddy Roosevelt recuerda que todo “era siniestro, de color pus; pero lo teníamos que mantener exacto. No te contratan para convertir el ambiente en bonito. Pero a la vez sería terrible si las primeras damas pudieran intentar mejorar la decoración”, declaró a The Palm Beach Post en el estilo directo que la caracteriza.
Justo antes de lanzarse en el séptimo arte, Apfel entró en 2012 en el mundo académico, cuando fue contratada como profesora visitante de la universidad de Texas, en Austin. “Todos los alumnos me preguntaban cómo podían hacer para tener un estilo. Eso no lo puedo contestar. Cada uno tiene que conocerse a sí mismo y expresarse de la mejor manera. Pero si no, no pasa nada; la fashion police no te va a llevar”.
Una de sus frases famosas se convirtió en latiguillo del film: es mejor ser feliz que estar bien vestido. Es evidente que ella era candidata natural a protagonizar un documental fascinante. Sin embargo, tenía sus dudas. “Amo la ropa, amo vestirme, pero no es esa mi vida. Tenía miedo de aparecer como una fashionista cabeza hueca, lo cual no soy. Afortunadamente no pasó”, dice en referencia a la película dirigida por Albert Maysles.
Una joven productora, Jennifer Ash Rudick, estaba dispuesta a todo para convencerla. Y cada minuto con Apfel le ratificaba que era una personalidad única cuya historia había que contar en la pantalla. Entonces fue con ella a ver un documental en el West Village. “Queríamos tomar un snack antes del film y el lugar más cercano con mesas y servicio rápido era el McDonald’s”, cuenta. “Se sentó, y antes de que yo fuera hasta el mostrador a comprar el almuerzo, sacó un sándwich del bolso y me ofreció la mitad. Le respondí que igual había que comprar algo, que estábamos sentadas en el mejor lugar. Entonces volvió a abrir su cartera, sacó dos saquitos de té y me sugirió, pedí agua caliente”. Mientras todo esto pasaba, Ash Rudick pudo comprobar cómo la gente se amontonaba afuera, en la ventana, para mirar con total fascinación y descaro a Iris, a quien se desvivían por saludar. Entonces le dijo: “Iris, ¿qué te parece si filmamos un retrato sobre tu persona?”. “Depende de quien lo haga”, contestó, “si encontrás a alguien en quien pueda confiar, lo consideraría”.
Ahí fue que Ash Rudick se contactó con los Maysles, y en cuanto Albert e Iris se reunieron supieron que más allá de la película, serían buenos amigos.
Maysles, el decano de los documentalistas según el Times y “quien mejor manejaba la cámara en todo Estados Unidos” como dijo Jean–Luc Godard, era y es en sí mismo una figura de culto. Con su hermano David realizaron obras cumbre del cinema verité americano como Gimme Shelter, basada en un recital de los Rolling Stones en el que murió un fan y por supuesto, Grey Gardens, un film en el que retrataron la vida de la tía y la sobrina de Jackie Kennedy Onassis, dos excéntricas que vivían aisladas del mundo en una casa abandonada en Los Hamptons.
“Admiro a la gente que hace su propia cosa”, resumió Apfel respecto a por qué le gustó Albert Maysles, quien justo falleció en marzo pasado, (David murió varios años antes), lo que le dio al film Iris un particular significado y urgencia.
Tuve el honor de coincidir con Apfel y Maysles en un cocktail en casa de Ash Ruddick, junto a pocas personas del mundo del cine decididas a peregrinar hasta esa punta de Long Island para participar del Hamptons Film Festival donde se presentaba la obra, más una buena parte del establishment wasp de la zona, amigos de la dueña de casa del distinguidísimo club de tenis del balneario. Los tragos se servían con servilletas que llevaban impresas algunas de las frases más contraculturales de Iris, como su mantra: more is more and less is a bore (más es más y menos es un bodrio). Sin embargo, sentada muy tranquila en una esquina del sofá, vestida en colores oscuros con los múltiples collares e innumerables pulseras al tono, Apfel participaba de la velada mimetizada con el entorno. Con su voz de chica lista, ex fumadora de Queens, mucho más suave que en la película, tuvo tiempo de conversar y hasta de interesarse por un lugar donde comprar accesorios gauchescos si alguna vez decidía viajar al Sur.
“Iris siempre dice que hay que vestir-se para uno mismo –señaló Ash Ruddick–. Fue sorprendente hasta para mí cuán poco se preocupó por lo que llevábamos puesto los del equipo de filmación, cuando estábamos con ella. Podía aparecer con jeans y camiseta, lo cual solía hacer, y siempre iba a encontrar algún elemento para elogiar. Realmente no juzga a nadie. Creo que al pasar tanto tiempo con ella me volví más segura para vestirme para mí misma, y para la ocasión. Iris, aunque siempre creativa y original, tiene también un gran sentido de lo que es apropiado”.
“No trato de ser anticonvencional –subraya por su parte Apfel–. Algunas personas hacen un gran esfuerzo por ser diferentes. Yo no. Yo hago lo que quiero hacer, dentro de ciertos límites. Soy una gran convencida de estar siempre a la altura de las circunstancias”. De hecho Iris considera que hay que seguir algún tipo de marco de referencia. “Tengo muchos problemas con la ropa sin estructura y con una parte del arte contemporáneo, cuando la gente piensa que puede hacer lo que se le cante”.
En la actualidad, Apfel se la pasa viajando para asistir a los distintos estrenos del film, con Carl, su marido, siempre al lado incluso en sus consabidas expediciones a los shoppings.
“Nunca me gustaron los diamantes ni las grandes joyas estilo Harry Winston, sino la bijouterie teatral o de colores, de distintas culturas o producidas en masa... Carl es un hombre afortunado”, suele decir. En esta nueva etapa de su vida están todo el tiempo rodeados de jovencitas lindas del ambiente del cine o de la moda, e Iris aclara que su marido también es afortunado en este otro sentido políticamente incorrecto. “Una mujer es tan vieja como luce cuando alguien la mira –concluye–, pero un hombre no es viejo hasta que no deja de mirar”.

(Derechos exclusivos, La Nación).
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